Por Nicolás Sanz

 

Alberto Fernández no necesita presentación, un tipo que hasta hace unos meses estaba enterrado en el olvido de la gran mayoría de la sociedad –muchos, incluyendo puntuales periodistas, lo confundían con Aníbal Fernández-, sin embargo eso parece haber cambiado en la coyuntura y por una simple razón: es el presidente electo y quien comenzará a presidir el país a partir del 10 de diciembre próximo.

Sin embargo, así como un importante núcleo de la ciudadanía se olvidó de él, también enterró en su memoria todos sus vínculos delictivos, muchos de ellos llevados a cabo mediante los años en los cuales fue jefe de Gabinete de Ministros de los kirchner e incluso un poco antes.

Por caso fue uno de los partícipes del fraude electoral que llevó en 2007 a la presidencia a Cristina Fernández. Por entonces, Víctor Santa María, titular del sindicato que agrupa a los encargados de edificios, exhortó que los telegramas envidos a los presidentes de mesa no lleguen a destino.

No es casual que el dirigente sindical tenga un vínculo estrecho con el entonces jefe de Gabinete desde aquellos tiempos en que sendos personajes ocupaban una banca en la legislatura porteña por el frente Encuentro por la Ciudad.

Además de ello, Alberto fue uno de los más fervientes defensores de la entonces primera dama en el medio del escándalo por las afamadas valijas de Antonini Wilson. En ese momento, el fiscal adjunto Thomas Mulvihill aseveró que el dinero que traía el venezolano “estaba destinado a la campaña de Cristina Kirchner” e indicó que “los acusados recibieron instrucciones de mantener el bajo perfil de Venezuela”.

Fue allí que Alberto y Aníbal Fernández aseguraron que la acusación respecto del vínculo de aquella valija con casi 800 mil dólares y la campaña de Cristina se trataba de un “locura” y un “canallada”. La ex presidenta fue más lejos aún al argumentar que se trataba de una “operación basura” con el fin de perjudicarla.

Aunque aún hay más, por el 2008, el director de Tribuna de Periodistas, Christian Sanz, se reunió con un importante empresario de la industria farmacéutica con el propósito de dialogar sobre los aportes de la campaña que llevó a la hoy vicepresidenta electa al sillón de Rivadavia en el 2007.

“La verdad es que nosotros no pusimos un peso, solo firmamos y aportamos un serie de cheques (…) Te pagaban el 6% de los que firmabas y te aseguraban que iban a darte la posibilidad de hacer negocios con la Superintendencia (de Servicios de Salud) ¿Cómo no íbamos  a entrar?” evocó el empresario, quien pidió que su nombre permanezca reservado.

La charla transcurrió en su curso normal dando puntuales datos interesantes que giraban en torno al mismo tema “Todo se hizo en la oficina de Héctor Capaccioli (entonces superintendente de Servicios de Salud)”, “la cola de personas que firmaron era enorme, te aseguro que ninguno puso un mango” fueron algunas de las afirmaciones brindadas.

Sin embargo, quizá, la más importante fue aquella que vinculó al hoy presidente electo: “El encargado de gran parte de la operatoria fue (José Luis) Salvatierra”, éste último es el ex interventor del hospital francés y hombre de confianza de Capaccioli y Alberto Fernández.

Como si ello fuera poco, junto al fallecido ex presidente Néstor Kirchner, Alberto Fernández era quien revisaba y supervisaba en persona cada una de las operaciones políticas que por aquellos días se hacían, pasando por sus propias manos los legajos que luego se usarían para atacar a los más acérrimos opositores al kirchnerismo, se trataba, ni más ni menos, de carpetas que la ex Secretaria de Inteligencia del Estado (SIDE) tenía bajo su poder.

De esa manera se armó un dossier de los antagonistas de ese entonces para manipular todo a través de los famosos carpetazos, entre ellos se encontraban Jorge Telerman, Juan José Álvarez, Elisa Carrió, Roberto Lavagna, Juan Carlos Bloomberg y Daniel Scioli.

Como puede notarse, hay mucha tela para cortar, el pasado de Alberto Fernández no deja de aparecer y una vez más se encuentra trabajando para la senadora Cristina Fernández, como en aquellas épocas donde no importaba la ética ni la moral, solo controlarlo todo.